El tiempo pasa tan rápido y en el tiempo pasan tantas cosas que se me olvida a veces escribirlo y mientras tanto me dedico a vivirlo.
Muchas personas pensaban que la luna y el oso no tendrían tanta historia, que era algo pasajero, un puente en sus historias pasadas, un parón que comenzó en un vagón, pero todos se equivocaron...
Después de más de dos años, siguen acumulando historias, tickets de metros usados y algún que otro viaje no pagado, siguen encajando por la noche como una sola pieza, como ese oso que cada noche duerme profundamente abrazado a su luna.
El oso regresó de su viaje, ahora no había distancia y eso era algo que ambos tenían que asumir, en sus vidas cotidianas de estudios, entrenamientos, amistades y familiares, ahora se tenían el uno al otro. Creo que no les costó nada adaptarse, porque cuando quieres algo de verdad, luchas por ello.
El oso a su regreso, tuvo ciertas dudas, momento de agobio y hasta dejó de abrazarse a la luna por una temporada, quizás aún no tenía claro que quería de verdad, quizás anhelaba su historia pasada, quizás la luna se ponía tan exigente que cuando se vio ahogado, decidió huir. Ella pensó que su mundo se desmoronaba, siempre estuvo acostumbrada a tener a una persona siempre que quería, pasar el fin de semana siempre juntos, dormir juntos, pero con él, las cosas funcionaban distintamente, las normas de su tribu eran estrictas y siempre prevalecian los entrenamientos y las cenas con el hermano osezno los viernes por la noche. Pasó el tiempo y recuperaron la confianza, es más, se fortaleció todo lo que poco a poco se había ido construyendo.
Pasó el tiempo tan rápido, fueron a la confirmación del osezno, veranearon en Portugal, siguieron en los campamentos como cada verano desde que se conocieron, recogieron cerezas, hicieron rutas y vivieron aventuras siempre de la mano, ledesma, gargantilla, Sevilla, Cádiz, Évora, pozo airón, la covatilla, Madrid, París, Ciudad Rodrigo... Siempre descubriendo, viviendo cada momento y disfrutando de cada caricia, de cada sonrisa. Cuando tenían la oportunidad de meterse en la cama, eran únicos, en ese momento no existía nada ni nadie más, solamente ellos, las caricias, la piel, las horas de miradas, el placer de hacer el amor y sentirse solamente uno, disfrutaban de cada momento, se sorbían la piel, se impregnaban el uno del otro.
Llegó el último año de estudios y él se puso guapo, traje, zapatos, corbata, estaba radiante y nervioso a su vez, nunca había visto ese brillo en sus ojos, todo él era orgullo. Ella no quiso perdérselo y a día de hoy, sigue pensando que hizo el ridículo enormemente, peinado que parecía de peluquería, bien vestida y también algo nerviosa, pero lo peor de todo fueron los zapatos... ella quería estar perfecta para él y al final, terminó convencida que en la sencillez a veces está la belleza. Siempre recordaré el momento en el que ambos paseamos de la mano por la plaza mayor, atrayendo la mirada de todos los viandantes, haciendo gala y honor de lo que estaba bien merecido, terminar la carrera.
Después de un verano más bien ajetreado, de nuevo volvía la distancia, pero ahora era ella la que había decidido irse, una propuesta fugaz para un puesto en París y se embarcó en una aventura que parecía una locura. A día de hoy aún lo pienso y no me arrepiento, pero sé que me estoy perdiendo muchos momentos, clases, amistades, abrazos de fin de semana aunque sean... Que difícil es priorizar sobre lo que de verdad queremos hacer...
Y cuando comenzó de nuevo la distancia, comenzaron también de nuevo las escapadas.
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